
R.S.D. (2016)
RSD (Ruido Sinfónico Desastroso) es una novela corta experimental, autobiográfica y alucinada, narrada en primera persona con una prosa fragmentaria que se mueve entre el recuerdo, el delirio y el glitch. El narrador reconstruye su vida a partir de "fotogramas" y sensaciones más que de una trama lineal. El eje de la memoria está en Weston, Florida: un suburbio de Miami manufacturado en serie, levantado sobre un pantano rellenado, adonde su familia argentina emigra tras el corralito de 2001. Ahí se despliegan los temas de fondo —el divorcio de los padres, la muerte del concepto de "casa" y familia, la ansiedad, la inadaptación escolar, la comida como refugio, el escape a la doble vida virtual del Runescape, la terapia como escuela para "aprender a hablar", el descubrimiento del padre fumando porro. Todo atravesado por una reflexión constante sobre la disociación digital: habitar como avatar, mirarse desde afuera, perder el sí mismo entre pantallas y ambientes artificiales (los shoppings sudafricanos con cielo pintado, los casinos sin ventanas). El corazón del libro es un viaje de LSD en una fiesta. Aparece el Emperador, figura psicótica que dirige a los bailantes con un dedo y arrastra al narrador por una serie de "etapas": una confitería sin paredes donde el Emperador se multiplica las bocas, una carrera que deriva en danza y en una emperatriz de lengua monstruosa, un dedo metálico gigante, y una escena recurrente con una mujer que duerme llorando. El trip desemboca en un pasaje de texto corrompido —como un disco rígido desfragmentándose— sobre la infancia, la bici y una jauría de perros que caven la tierra hasta abrir el mundo. De vuelta en casa, el narrador entra al espejo (guiño a Matrix / Narciso) y cae en una secuencia onírica de balcón, lago, ciudad con olor a jazz (Coltrane, Monk, Mingus) y una mujer sudafricana cubierta de anillos que se desmorona. Cierra con una naranja gigante que lo despierta, se clava un cuchillo en la cara sonriendo, le ofrece su jugo y muere: "Ella es mi novia". Remata con el epígrafe apócrifo "Leer es el antiguo arte holográfico" — Kumar Zhilen. En el fondo es una meditación sobre identidad, alienación, hiperestimulación y salud mental (esquizofrenia, depresión, lucidez como condena), donde la droga y la memoria funcionan como lentes para mirar lo crudo detrás del túnel romántico.
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